Los hechos contados. Una voz que se ahoga en llanto cuando narra injusticias, el nudo en la garganta que se afloja solo con la verdad dicha, las palabras que son sostenidas por una escucha sin juicio, sin detractor. El relato del colectivo afectado trasciende fronteras y también, al menos sería lo esperado en salud, ideologías personales. La voz del dolor crece hasta hacerse un dicho colectivo, compartido entre muchos, replicada en cada territorio donde se le haga eco y finalmente se le responda un —aquí también pasó— o —a nosotros también nos duele, lo hemos vivido— después de todo, eso es lo verdaderamente relevante del vínculo en salud, cierto? el registro del otro, el cuidado y reconocimiento de ese otro con voz, con historia de vida, que es igual a mi ante la ley, pero también ante el opresor, que siente y sufre al igual que lo hago yo.
Esa es la voz del caos, un sonido que evoca estremecimiento en la piel y tensión en las entrañas. Una demanda que reclama atención, espacio y reparación. Ignorar su bullicio, implica una condena generacional, pues el malestar se repetirá una y otra vez ante nuestros ojos, a lo largo de nuestra historia como sociedad afectando exponencialmente a las generaciones venideras.
Es preciso identificarla en todo lo que hacemos, en todos los niveles; en lo interno con nuestro proceso terapéutico, en el afuera con la escucha y transformación de nuestras comunidades, y eventualmente, en el desarrollo de las naciones que habitamos. Para tal fin, podemos iniciar honrando una premisa muy sostenida y repetida en los ámbitos psicoterapéuticos: todo lo que no hacemos consciente, se nos hará destino.
Y con esto del destino retomamos un punto elemental para los fenómenos sociales y la voz de los que ponen el cuerpo en su representación; el tiempo. Y es que, el racismo, las migraciones, la homofobia, la violencia de género, las tendencias partidistas radicalizadas de un sector u otro, los abusos de poder en las instituciones de protección, de culto y/o religiosas, no solo se han mantenido presente en el avance y desarrollo histórico de la humanidad sino que, siguen siendo objeto de debate y cuestionamiento público en muchas sociedades, ni hablar de las que protagonizan una carencia extrema en materia derechos humanos.
Generacionalmente se transmitió el síntoma, evolucionando con ello la intensidad de cada fenómeno. La violencia, el horror, la injusticia. Todo más cerca, todo más real. Una muestra de tal vivencia maximizada es que, ahora tanto presente como historia, lo vivimos y revivimos al instante con un clic, a color, e incluso con subtítulos desde nuestro dispositivo. Aun así, todo el avance tecnológico pareciera alejarnos del proceso de integración.
La saturación de un contenido que se repite una y otra vez y es compartido de manera masiva por nuestro contexto inmediato, evita todo gesto de regulación interna, nos recargamos emocionalmente, pero nadie integra nada, por el contrario; entre tanto anhelo de conquista del otro, distorsionamos los hechos, se corrompe la narrativa. La consecuencia es catastrófica, todo sigue doliendo en demasía y no estamos reparando nada, mucho menos tomando consciencia de que, así como nos fue transmitido por la generación previa, nosotros también estamos heredando un ciclo incompleto, sin transformación, cada vez más intenso y deformado.
Muy a pesar del desarrollo en tecnologías aplicadas que hemos alcanzado como civilización, particularmente en el plano de comunicación, no estamos cumpliendo con el propósito encargado por nuestros antecesores. La voz que las generaciones anteriores no pudieron traducir, para su integración colectiva. Hoy ya la entendemos, pero pareciera no gustarnos lo que dice, pues la seguimos padeciendo, y por momentos pareciera que hacemos el lío aún más siniestro. Ojalá el desarrollo tecnológico que estamos atestiguando nos permita vivir lo suficiente para presenciar una auténtica reivindicación de nuestra omisión de responsabilidad.