«Militar no es gente»

Escombros, peñascos por todas partes, aquello que alguna vez fue piso y techo de alguien se mezcla ahora con tierra, despojo y llanto. Un par de oficiales de la policía se ven en el costado derecho, un civil con la cabeza gacha en el extremo opuesto, los bordes de la foto están blureados. Haciendo foco se presenta un hombre de espaldas, vestido con uniforme verde oliva y chaleco antibalas. Los brazos atrás exponen un aparente descanso del orden cerrado. Las manos del varón reposan cruzadas y dejan ver unas uñas prolijamente cortadas y limpias. 

En la cultura popular venezolana, las manos del guardia nacional nunca están vacías. Si algo cultivó durante 27 años el culto militar parasitario del régimen de Hugo Chávez Frías es que las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas siempre tienen algo entre manos, un fusil, una porra, gas lacrimógeno, plata, sangre. 

La foto muestra, pinta con luz dos manos impecables. La derecha agarra una botellita de agua Minalba sellada, y la otra, la izquierda, siempre al frente, sostiene dos pares de guantes impecables. El reservista de la dictadura espera, inmóvil, carente de voluntad ante una emergencia nacional, sin un oficio digno ante el desastre que lo rodea, sin registro u orden de utilidad, muy acostumbrado quizá a que otros, el pueblo, haga por él.  

A los pocos días del doble terremoto en Venezuela, esta imagen y otras tantas que mostraron a efectivos del régimen saqueando hogares u hostigando a los sobrevivientes, invadieron las redes narrando en lo preciso y estático de capturas domésticas, un recurso vívido y repetitivo: la decadencia institucional de un país. Uno que desprecia cada vez más a sus Fuerzas Armadas, porque siempre fue mucha la indecencia del cuerpo militar en Venezuela, pero si de algo podemos estar seguros los venezolanos tanto dentro como fuera del territorio nacional, es que nunca es demasiada la sinvergüenzura de los uniformados y la desfachatez de las instituciones cómplices de la maquinaria del terror chavista. 

Al contemplar al soldado de manos impolutas en medio del desastre, decanta en mi pensamiento una frase popular “Militar no es gente”. Crecí escuchándola, de mis tías, de mis vecinos y maestros, gente querida y a la que siempre tuve cerca, por suerte; resuena en mis adentros como un rumor antiguo, lo integré de ese modo porque se que tiene orígenes lejanos, previos a mi historia, a la de mis padres, incluso al tiempo de Chávez. 

Militar no es gente, es una frase con tono propio y cuyo registro en mí es casi primitivo. Una voz autoconvocada, presente siempre que me entero de algún abuso de poder por parte de las fuerzas de seguridad en Venezuela. De alguna manera ese ímpetu también me educó, aprendí a escuchar y asimilar de él lo sustancial, un ritmo originario que rememora y visibiliza la lucha de lo cívico de la palabra que se enfrenta al poder y la corrupción de la fuerza. 

Es un coloquio que me obliga a explicar y denunciar con el cuerpo, la potencia de la que emerge se me retuerce entre las tripas y brota a los mordiscos como una voz propia, herencia ancestral que recita en calma —los militares siempre nos cagaron y aún así, como pueblo no nos ha sido posible dejar de honrarles culto y ceremonia— una desgracia transgeneracional. 

Cuesta ver el acto malvado en un otro y no intentar racionalizarlo. Cuesta ver como el que no piensa, siente y actúa de la misma manera que nosotros, genera daños irreparables. Por ello es quizá más simple para la psique deshumanizar al malvado y darle una entidad extraña, tratarlo de monstruoso primero para poder luego integrarlo, nombrarlo. 

Desde la complacencia colectiva y haciendo uso desmesurado de criterios clínicos, muchas veces, se levantan diagnósticos irresponsables y/o altamente cuestionables en relación al comportamiento desajustado de una figura de autoridad. Lo hacemos como una sociedad que necesita comprender y explicar una realidad atroz que nos supera pero es menester integrar que lo corrupto, lo inoperante y lo desensibilizado de un funcionario no siempre encausa hacia un perfil patológico, y en tal caso no se aborda únicamente desde lo clínico. Conviene, y es mucho más útil al entramado social, reveer de cerca el contexto de desarrollo de ese sujeto y entenderlo como producto funcional al sistema que lo gestó.  

Nos esforzamos y entendemos que de eso se trata vivir en sociedad: hay de todo, y en lo plural cabemos todos. Al menos en teoría, porque está bien que pensemos y sintamos distinto pero en los escenarios de emergencia algo parece cambiar, por sutil que parezca hay un límite colectivo que se endurece ante la tragedia compartida. Y entonces aparecen cuestionamientos y radicalizaciones del pensamiento: alguien que saca provecho de una tragedia es en definitiva, muy distinto a lo que se concibe en el colectivo como saludable y propio de ser compartido. 

Y entonces, nuestro interno se bloquea ante los tecnicismos y empieza a operar en modo primitivo. Sobrevivir y cuestionar con fiereza a ese otro distinto, lejano, peligroso. Porque lo peligroso debe limitarse, retenerse y en muchos casos, de extrema radicalización, será preciso erradicarlo de nuestros sistemas sociales.  

Cuando pienso en los fenómenos de extrema radicalización en las sociedades actuales, la primera reacción que identifico es el miedo, uno genuino, agrio en la boca y agitado en el pecho. Me da mucho miedo escribir sobre los colapsos de los sistemas de orden social, cuando todo gesto cívico queda corto y lo que acontece es enteramente primitivo. Porque confío en la democracia, aunque muchas veces como ser humano dude porque no siempre alcanza la buena intención, el plan y/o la defensa de la soberanía, porque todo eso es muy humano y como humanos tenemos límites, fallas, roturas y parches en nuestros sistemas de creencias.

En esos momentos, mi hábito en conciencia plena es preguntar. La intención es siempre cuestionarme, repreguntarme cosas que tal vez sean inapropiadas pensar en voz alta o entre desconocidos. Lo hago como un modo de entrenar mi criterio porque por más distancia que exista entre los territorios físicos, ideológicos y culturales que habito, hay situaciones y experiencias que no dejaran de doler ni de dar miedo a lo largo de la vida, sin importar cuánto tiempo haya pasado, donde hayan ocurrido, o que tan lejos del lugar moral del cuestionamiento nos encontremos. Cuestionar lo que consideramos ya establecido es la única certeza de que seguimos pensando, y discernir qué de todo ese contenido elegimos transmitir es una oportunidad para acercarnos al desarrollo de un pensamiento crítico. 

¿Por qué los organismos de seguridad tienden a estar más propensos a cometer actos característicos de una estructura perversa? ¿Existe relación en la escogencia de una carrera dentro de la policía o las fuerzas armadas, por parte de estructuras de personalidad que tienden al desarrollo de rasgos perversos o bien, se trata de aprendizajes contextuales dentro de los sistemas de carencia y vulnerabilidad de los grupos sociales? ¿Un militar o policía es malo por naturaleza? 

Me esfuerzo en responder que no a la última. Por mantenerme en la medida de lo posible, cercana a un principio de humanidad y práctica responsable porque ningún ser humano nace siendo malvado. Confío en ese principio universal. Quizá no responda bien o enteramente al resto de los cuestionamientos, pero me hace bien escribir sobre ello porque la duda muchas veces me vence y grita fuerte cuando veo este tipo de imágenes o me topo con relatos nauseabundos de los militares en Venezuela, o efectivos de la fuerza en Latinoamérica y el mundo. 

Me obligo entonces a profundizar en un pensamiento crítico agotado, en un intento pueril por convocar alguna hipótesis en psicología clínica, social o directamente desde mi experiencia laboral, que refute o al menos se acerque de modo crítico a esas incógnitas, y es quizá esa la intención más inocente de esta nota, porque ese soldado también es pueblo, o mínimamente lo fue alguna vez. 

Un ser humano corrupto es el resultado de un desarrollo biopsicosocial deficitario, podemos tipificar múltiples criterios de diagnóstico, patologizar el comportamiento diferenciando rasgos y estructuras de personalidad pero eso solo nos deja con una fracción del fenómeno y nos aleja sustancialmente de un abordaje clínico funcional y responsable, porque el origen de la problemática con las fuerzas de seguridad no está únicamente en la psique del sujeto que ejerce el rol.

Para que se generen conductas altamente cuestionables en una persona en términos de salud mental, convergen múltiples factores, quizá el primero en la secuencia sea lo biológico en efecto, la plasticidad cerebral,  puesto que el órgano se adapta al entorno de desarrollo, tanto en estructura como en funcionamiento, configurando las respuestas más adaptativas ante el miedo y la empatía, ésto infiriendo que el infante reciba lo mínimo para desarrollarse cognitivamente, aún así habitar en un contexto profundamente hostil con incidencias de agresión y violencia recurrentes, incuestionablemente dará como resultado un individuo que modela una respuesta reactiva y desensibilizada emocionalmente, lo cual responde una vez más al ajuste primitivo de tales características contextuales. 

Posterior a ese primer desarrollo, el peso del aprendizaje contextual y la vulnerabilidad del sujeto se entraman como factor determinante en la práctica profesional de un funcionario del orden y la defensa; pues el entrenamiento militar procura romper la identidad del recluta y asimilarlo en una identidad colectiva e incuestionable, particularmente, conociendo la construcción narrativa perversa que constituyen los regímenes totalitarios, como el que rige en Venezuela. El individuo pasa a ser un instrumento sin pensamiento crítico ni juicio moral sobre lo que otros ordenan.

Es menester adicionar dos factores inherentes a la cultura laboral castrense, lo primero es el prevalecimiento de una estructura institucional impune y profundamente violenta, donde los comportamientos psicopáticos no solo son reforzados sino que además cumplen una función adaptativa para el reconocimiento y la instauración de pertenencia de los sujetos útiles al sistema, en segundo lugar, las deficiencias de los controles y filtros institucionales para cumplir con las cuotas de reclutamiento.

Representa entonces, aquel soldado de manos limpias, no a un monstruo sino a parte del pueblo vencido e irremediablemente corrupto, pervertido por un sistema de orden social del que todos hacemos parte y eso duele, o como mínimo perturba. Queremos justicia. Que sea una real, en este plano, no divina como la del registro arcaico y sumiso con el que muchos de nuestros padres y abuelos intentan aplacar nuestro ímpetu generacional. 

Nada de lo que ha vivido Venezuela en los últimos 27 años tiene que ver con Dios, y por eso es importante seguir diciéndolo, escribirlo las veces que sea necesario. Porque será muy difícil reconocer a un igual ensombrecido, llegado el momento, todos los efectivos que han pactado tantas veces con la psicopatía del régimen chavista van a querer vivir como si nada, querrán ser nuestros vecinos, maestros y personalidades influyentes que se integran como un igual en nuestras comunidades. Ese otro vencido por el sistema querrá perdón, indultos, y que se les concedan derechos que muchos de nuestros compatriotas perseguidos, torturados y/o desaparecidos no tuvieron. Un juicio normado y una defensa imparcial será nuestra mínima responsabilidad como sociedad saludable. 

Quizá aquí sí quepa la fe, porque solo eso queda por el momento, la espera tortuosa de que en Venezuela, los crímenes de lesa humanidad sean expuestos en juicios orales y públicos como la historia nos ha enseñado, como la memoria en otras latitudes tanto del continente como fuera de él nos ha educado. Ojalá lo podamos ver, ojalá podamos escuchar y recordar. Sobre todo eso, recordar. Por si algo de todo esto tiene sentido lo escribo, por mínimo aporte que represente, con la intención de que sirva para otra cosa, además de permitirme dormir menos inquieta.