Abrazarnos y alentar a los gritos con desconocidos. Reír llorando. Rezarle a Dios. Bancar siempre al diez. Hacernos parte de una experiencia testigo: en la que por un instante nosotros también lo vivimos y nos convertimos junto a ellos, en una captura eterna, alojados en el —para siempre— de la memoria generacional. Por insignificante que parezca para los distanciados del fútbol, en un país donde hay tanto que defender y por lo que estar preocupados e incluso adoloridos, reír a carcajadas y llorar de felicidad porque la selección está más cerca de un nuevo título, es un privilegio y también, un acto sincero de rebeldía dirigido a la desfachatez de los indolentes.
Si bien, las celebraciones del mundial son colectivas y públicas, en cada identidad que se suma al jolgorio hay mucho registro de lo íntimo, de lo que tramitamos en lo profundo y a puerta cerrada, porque con cada nuevo mundial, se hace inevitable no mirar hacia atrás, contemplar nuestra vida de cuatro años antes y abrazar aquella versión de nosotros mismos. Ese relato privado en el que anidaron sueños e intereses que quizá hoy ya han sido cumplidos o bien, hubo que transformar para no volvernos presa de nuestras expectativas.
Este 2026 vi a Messi convertirse en subcampeón del mundo otra vez, pero a diferencia de hace doce años, durante la desdichada final del 2014 contra Alemania, imágenes que seguramente nos dolerán toda la vida a sus seguidores, el resultado de la contienda se sintió distinto. Me quedé pasmada frente a la Tv, viendo a un Messi sereno, conmovido por supuesto pero entero. Sin lugar para el más mínimo reproche. Todo lo hizo, todo lo consiguió.
Sonreí al verlo contemplar su medalla de plata, y luego dejándola puesta, exhibiendo con orgullo y madurez ese segundo lugar que tanto esfuerzo físico y emocional costó a todos en la selección y al entender esto último, una parte de mi también se serenó y de a poquito el llanto se fue asentando. Integré entonces algo que me conmovió profundamente, así como él, yo también maduré durante todos estos años lejos de mi lugar de origen.
Cada vez que veo las imágenes de Lio en la final de 2014, en las escaleras del Maracaná, posando enojado con el balón de Oro o sacándose la medalla, siento que puedo masticar mi propia amargura de aquel tiempo, proyectando en esas imágenes una época de mi vida marcada por la frustración.
Lo mejor del recuerdo es que aún estaba en Venezuela, con un mar de esperanzas y sueños que nunca se cumplieron. Vi aquel partido tortuoso con mi familia en Chichiriviche, yo acababa de defender tesis de grado y más allá de la euforia propia de la etapa, estaba en un limbo, tanto laboral-académico como emocional, una escolaridad que terminaba, una carrera que recién empezaba en un país en llamas, una relación de pareja que también se acercaba a término. Y de paso, todos mis primos le alentaban a Alemania, los muy desalmados.
Las redes sociales nos delatan poniendo en evidencia que tan bien o mal estábamos en cada mundial. La memoria fotográfica nos devela si salimos a celebrar y compartirnos con otros o por el contrario la pasamos solos, tristes o enfermos, apáticos a la celebración. En 2018, a casi dos años de haber emigrado a la Argentina, pase todo ese invierno entrando y saliendo del Hospital de Clínicas y el Hospital Tornú, tenía un cuadro de complicaciones respiratorias, crisis asmáticas severas que se intensificaron de un invierno a otro.
Me nebulizaba en la guardia cada seis u ocho horas para que me diera tiempo de ir a trabajar, le suplicaba a los médicos que no me dejara internada porque entonces perdería el trabajo. Finalmente, me derivaron al Hospital Durand, ahí me compensaron con un tratamiento ambulatorio. Ese año la selección se quedó en los octavos de final, luego de una temporada durísima, sentenciando con los resultados del mundial la demandada salida de Sampaoli por la puerta de atrás. Tengo la imagen vivida de estar viendo la noticia desde mi teléfono que perdía la señal de wifi del subte y se me cortaba, así que tenía que cargar una y otra vez el video mientras subía las escaleras mecánicas de la estación Caseros de la línea H. Lloré un montón ese día. Tuve que ir a trabajar un sábado, tenía fiebre otra vez y habíamos perdido contra los franceses.
Las cábalas nos hacen creer de nuevo y obedecer sin razón, porque en ese acto noble de confiar en algo superior que no tiene sentido pero promete compañía se refugia un deseo: quiero volver a sentir algo que me una a otros. Quiero sentir-me con la misma intensidad de cuando fui feliz, junto a mi familia, a mis amigos y en mis lugares de afecto donde una vez tuve hogar.
El verano de 2022 transité un pico de estrés laboral. Muy atrás habían quedado los tiempos de miseria y dolor del inicio de mi proceso como migrante, pero entonces, trabajar mucho y sin reparo se volcó contra mi salud física. Ese año vi solo un partido completo en vivo. La bajada a tierra contra Arabia Saudita. Lo que le siguió a ese partido fue demencia total. Empezó con mi insomnio y las molestias cervicales y terminó en locura, cumbia, asado y Fernet.
La empresa para la que trabajaba daba libre las franjas horarias de cada partido para alentar a la selección. En esa segunda fecha contra México me dormí sin querer, porque durante días estuve medicada y con dolores terribles por las contracturas. Al despertar, la selección había ganado. De ahí en adelante, los dormí todos. En casa se hacía todo igual. Solo tenía permitido ver las repeticiones y noticias. Nunca fui especialmente creyente de algo, pero mi origen como Venezolana está nutrido de pensamiento mágico así que me entregué. Y elegí creer.
Cada mundial me devuelve un reencuentro con la Mafer de los cuatro años previos, algo inexplicable con palabras, que solo se puede transmitir con la mirada aguada y el pecho agitado, porque ganar siempre es una opción deseada por supuesto, pero estadísticamente hay más registro de las veces en las que hemos quedado hechos trizas, y eso también se vive y se acompaña. La gloria de ser campeones dura para siempre, y se rememora con la pasión de quien está dispuesto a sufrir mil veces, si el destino garantiza que su selección vuelva a levantar esa copa una vez más.
No procuro conquistar pensamientos ni credos, pero si extiendo una invitación inocua. La de encontrarnos cada vez que sea posible con nuestra historia de vida, rememorar eso que fuimos y que fue necesario dejar de ser para luego compararlo con este otro que somos hoy. Éste, con el que nos hemos comprometido a alcanzar una versión más sana. Claro que amamos lo colectivo si nos sentimos representados en él, pero recordemos también que antes de ser muchos, lo propio, es ser uno.