Tomar distancia

Apartarme de todo lugar o persona que me genera malestar clínicamente significativo. ¿Es posible? ¿Cómo sé sí he llegado a ese punto crítico de la vincularidad? Partamos de lo elemental: necesito escucharme. Y esto es, escuchar mi interno, esa voz guía, que me habita, que es sabia, y que, contra todo pronóstico, siempre encuentra los medios oportunos para alertar e identificar que un estado afectivo y mental agotado empieza a tomar participación en áreas elementales de mi vida, deteriorando mi esencia. Y estemos atentos, porque no debemos confundir tomar distancia con aislarnos, o con abandonar. 

Lo que procuramos es ampliar el foco de percepción de los hechos. Observar en atención plena todo lo que no puedo controlar de ese afuera que me agobia y al mismo tiempo, habilitar la posibilidad de hacer inmersión en mi malestar, con la intención de procurar un tránsito un tanto más asertivo de la situación. 

Esto es, construir una idea del conflicto que me permita resguardar mi energía y mi afectividad mientras ensayo posibles soluciones, que en la medida de lo posible, me permitan preservar el vínculo con la persona o espacio en conflicto. Una vez que identifique lo que ha mutado, también se abrirá paso a la resolución, si la hay, procurando así un modo de transitar esa transformación de la manera menos dañina posible. 

Al tomar distancia, no precisamos desarticular el vinculo, basta con procurarle el espacio que amerita para el continuo crecimiento. Observar el vinculo en distancia es también un modo responsable de amar y de amarnos, de resguardar lo esencial.